Veo desde la vereda el edificio de Silvina Ocampo (en verdad de los Ocampo) y no puedo dejar de emocionarme. Ahí, en la plaza de enfrente se sentaba Bioy a leer. Y desde el quinto piso, Silvina le decía al mediodía: “La comida está lista”. Y Bioy subía. Observo la zona y el llano recuerdo me emociona. En una de esas habitaciones, Borgez y Bioy se contaban chismes y hablaban mal de todo el mundo. Eran los Beavis and Butt-Head de esa generación. Esa calle Posadas tiene una historia tras otra. A mitad de cuadra vivía Carlos Menem, quien se fue del hogar con la separación y se la dejó a Zulema. Antes de tomar el helicóptero que lo dejaría enredado entre los Cables Carlitos Junior anduvo por ahí. Me siento en La Rambla, el bar donde Bioy y Silvina solían almorzar. Se habla de negocios, con la “s” estirada que pronuncian los porteños chetos. El mito citadino discurre que se cocinan los mejores lomitos de Caba. La tarde cae como un piano. No tengo ganas de levantarme y salir de ...