Llegué tarde al solarismo. Léase, adherente a la música y prosa del Indio Solari. Ahora soy fan. Fui prejuicioso, intolerante. Me pasaban cosas malas con esa reversión del estado natural de la música. Del "vamos las bandas", del recital que no es recital sino un hecho social. De la cultura del aguante. Del chetito que no lavaba las Topper para que parezcan trajinadas junto al resto de "la tribu". De cómo estaban mezclados los discos. De esos vientos que aburguesan el rock. De chupar la fruta sin poder morderla, también. Pero pasaron cosas. Golpeado por un invierno crudo, puse el cd una noche de fines de julio. Quedé frito. ¿Querías un disco "maduro"? Ahí lo tenés. ¿Te andás meloneando con la cercanía de la muerte? De eso te habla. Y esas melodías, ay. Esa noche lo escuché 14 veces, en loop, y no lo dejé más. Tuve miedo de no dormir. Aunque, como dice un amigo: antes no dormíamos, ahora sólo nos acostamos tarde. El Ruiseñor, el Amor y la Muert...
Un cielo abismal que hace de techo inmenso y parece no irse nunca más mientras la tarde siga flameando. El ruido de las cornetitas de los churreros como enviándose mensajes encriptados al tiempo que la gente corretea o apura la despedida tirando la yerba y guardando lo poco que quedó: dos porciones de chocotorta y unas masitas blancas y dulces. El barrio espera con sus casas bajas Y los perros desatados en el jardín. Porque mañana será lunes y ya nadie se acordará de lo hermoso que fue esta tarde en que estuvimos juntos. Como el domingo que viene.
La muerte inicia sus muecas apenas empiezas a hacerte visible. A los 50 llega con todos sus grises la decrepitud. Sólo debería existir la primavera. Y corolas que se abran al aire, como cantaba Spinetta. Las estaciones de trenes olían a carbón. Ahora no huelen a nada. La fijación de Leopoldo María Panero por los excrementos. Nunca terminé un libro de Alan Pauls. Lo que más me gusta de Cortázar es un relato que se llama Deshora. La mañana es el castigo, la tarde un letargo, la noche una bendición.
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